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Buena excusa, ¿o realmente hay un gen trampa?

Buena excusa, ¿o realmente hay un gen trampa?

Jay-Z, como todos saben, dejó en claro que engañó a Beyoncé. ¿Podría el deseo de engañar a nuestras parejas románticas ser en parte producto de nuestros genes? Kevin Mazur / Getty Images

Piense en el humilde campañol de la pradera. A diferencia del 97% de las especies, los ratones de campo de la pradera son fielmente monógamos. Sus vidas pueden ser cortas, son un bocadillo fácil para halcones y serpientes, pero una vez que dos ratas se aparean, están atadas hasta el final.

Este no es el caso del primo genético más cercano del campañol de la pradera, el campañol montañés mujeriego. Los topillos de montaña forman lazos sociales débiles y prefieren la estrategia de apareamiento de “usar y perder”. Las marcadas diferencias en el comportamiento de apareamiento entre las dos especies de ratas las convirtieron en sujetos excelentes para decodificar las raíces genéticas de la monogamia y la infidelidad sexuales.

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Hormonas y enlaces

Según varios estudios, los ratones de campo de la pradera tienen múltiples receptores en el cerebro para una hormona llamada vasopresina, que probablemente desempeña un papel clave en el vínculo de pareja. Las ratas leales de la pradera no solo tienen más de estos receptores que sus primos rebeldes, sino que los receptores están ubicados en una parte del cerebro más cercana al centro de recompensa.

genes de rata

Una rata con una expresión inocente en su rostro.

C. GALASSO / Getty Images

Luego, cuando los ratones de campo se aparean, sus cuerpos producen vasopresina, lo que hace que su cerebro los recompense con una avalancha de emociones placenteras, sellando el vínculo social. Los cerebros de las ratas de montaña, por otro lado, tienen muchos menos receptores de vasopresina y, por lo tanto, establecen vínculos mucho más débiles entre la unión de pareja y el placer. Así que pasemos al siguiente logro.

La ubicación y la sensibilidad de los receptores hormonales están dictadas por nuestros genes, lo que naturalmente plantea la pregunta: ¿Podría el deseo de engañar a nuestras parejas románticas ser en parte un producto de nuestros genes? Algunos de nosotros caminamos con el cerebro de un campañol de la pradera y algunos de nosotros atrapados con el ojo errante de un campañol de montaña.

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Es complicado

La verdadera historia de las raíces de la infidelidad y la monogamia es mucho más complicada que tener el “gen trampa”. El comportamiento sexual humano es el producto de innumerables influencias e interacciones, desde nuestras primeras relaciones con nuestros padres hasta las normas sociales sobre la sexualidad y nuestras predisposiciones genéticas.

“Nunca somos prisioneros de nuestra biología”, dice Justin García, biólogo evolutivo e investigador sexual del pionero Instituto Kinsey de la Universidad de Indiana. “Pero eso explica por qué algunas personas se despiertan con motivos algo diferentes en estas áreas que en otras”.

La influencia de estas diferentes “motivaciones” genéticas es difícil de cuantificar, pero un estudio de 2014 del investigador australiano Brendan Zietsch ofrece algunas pistas interesantes. Zietsch estudió los hábitos sexuales de casi 7.400 gemelos y hermanos en Finlandia y descubrió que el 9,8% de los hombres y el 6,4% de las mujeres tuvieron más de una pareja sexual en el último año.

Pero el hallazgo fascinante fue que los grupos de gemelos idénticos, con genomas idénticos, informaron los mismos niveles de fidelidad, a diferencia de los gemelos fraternos y los hermanos normales. Esto indica que las variaciones en los genes son lo suficientemente poderosas como para influir en el comportamiento sexual además de otros factores ambientales. De hecho, Zietsch puso un número: nuestros genes son responsables de alrededor del 63% de las infidelidades en los hombres y del 40% en las mujeres.

La vasopresina no es la única hormona asociada con varios niveles de monogamia e infidelidad. La oxitocina es otra hormona liberada durante las relaciones sexuales (así como durante el parto y la lactancia) que fortalece los lazos sociales, y las ratas hembras con múltiples receptores de oxitocina también tienen más probabilidades de aparearse de por vida.

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Dopamina y conductas de riesgo

García, del Instituto Kinsey, realizó un estudio histórico sobre los receptores de dopamina y la deambulación sexual. Se ha establecido desde hace mucho tiempo que las personas con receptores de dopamina menores o más débiles se involucran en comportamientos de riesgo (abuso de drogas y alcohol y juegos de azar) para obtener el mismo aumento de dopamina que la persona promedio puede obtener al comer uno.

García evaluó a 181 sujetos, algunos de los cuales portaban la variante D4 más débil del receptor de dopamina. Encontró que las personas con el receptor D4 tenían un 50% más de probabilidades de informar sobre infidelidad sexual. Y cuando miró a todos los participantes que hicieron trampa en el estudio, aquellos que tenían el receptor D4 eran mucho más propensos a hacerlo una y otra vez.

Para García, la evidencia del ADN apunta a una comprensión más sutil de lo que significa cuando alguien engaña a una relación.

“La explicación clásica es que no están realmente enamorados”, explica García. “Pero quizás estén más motivados por otros sentimientos de sensación, riesgo y novedad”.

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